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jueves, 25 de diciembre de 2014

Me desperté temprano y saqué al perro. Kate Atkinson (100)

Me desperté temprano  y saqué al perro

 Kate Atķinson
Lumen




Hay días en que ciertas decisiones se imponen sin pedir permiso: Tracy Waterhouse, una mujer de mediana edad con unos kilos de más y muchas ilusiones de menos, paseaba distraída por un centro comercial de la ciudad de Leeds, intentando decidir qué galletas comprar para dar un poco de color a su cena solitaria, cuando vio a una niña corriendo, arrastrada de la mano de una prostituta conocida en el barrio. De repente, Tracy supo que compraría algo más que galletas: al poco rato, la niña estaba en su coche y desde entonces la vida ha sido para ella un ir y venir de emociones desconocidas. Tracy confiaba en que nadie sería testigo de ese extraño negocio, pero Jackson Brodie, recién llegado a Inglaterra para resolver un caso de falsa identidad, entra en escena: sus dotes de gran investigador y de hombre deliciosamente imperfecto van a convertir una trama policial en una historia donde las cuestiones morales son las que importan. 



La verdad es que elegí este libro por lo llamativo del título sin saber nada ni de la autora ni del contenido. Un ejemplo más de lo importante que es elegir bien el título de un libro.
Cuando empecé a leerlo me interesé por la autora y cómo escribió el libro. Les sugiero que lean la reseña que en su día hizo las páginas culturales de “El País”. La encontrarán aquí.

El planteamiento del inicio es interesante: cómo en un segundo, en el que (como se dice vulgarmente) "se te va la pinza", puedes cambiar el resto de tu vida, para bien y para mal. O como dice la autora "La justicia no siempre coincide con lo que debería ser justo". Porque (y ahí está lo que es interesante para mí) este momento de locura o de sin sentido tiene unas raíces, unas causas ocultas en lo más profundo de la mente. No es un simple cortocircuito neuronal. Tracy Waterhouse compra una niña a una prostituta por alguna razón, aunque ella misma no sea consciente de ello.


Al leer el inicio de la novela, en la que se hace la descripción física y psicológica de los personajes, uno tiene la impresión de que se halla ante una serie de seres humanos bastante perdidos, que navegan por la vida sin un norte establecido, con un pasado detestable y un futuro de lo más sombrío. Sus aspectos físicos no siempre se corresponden con el concepto que ellos mismo se tienen de sí.

Cuando Tracy estaba en la policía, sus compañeros en el cuerpo —hombres y mujeres— daban por hecho que era lesbiana. Ahora tenía más de cincuenta años, y tiempo atrás, cuando entró en la policía de Yorkshire del Oeste como cadete novata, había que ser un chico más para apañárselas. Por desgracia, una vez habías establecido que eras una arpía dura de pelar, se hacía difícil admitir que llevabas dentro una mujer dulce y tierna. De todas formas, ¿por qué iba a querer nadie admitir algo así?

Cuando aceptó el empleo en el centro comercial Merrion se dijo que era «borrón y cuenta nueva» e hizo algunos cambios: no solo se mudó de casa sino que también se depiló el bigote, se dejó crecer el pelo para tener un aspecto más dulce, se compró blusas con lazos y botones de perla y zapatos con un poquito de tacón para llevarlos con el consabido traje chaqueta negro. No funcionó, por supuesto. Fue consciente de que, con o sin vales para el balneario, la gente seguía considerándola una tipa vieja, hombruna y mandona.”

La septuagenaria actriz secundaria de folletones televisivos, Matilda Tilly, padece de una serie de problemas físicos y mentales que cree conocer bien: su miopía, su creciente falta de memoria o su soledad. Pero, por lo visto, desconoce otros:
“Hacía poco, había empezado a advertir toda una serie de objetos que aparecían de pronto en su bolso: llaveros, sacapuntas, tenedores y cuchillos, posavasos. No tenía ni idea de cómo habían ido a parar ahí. ¡El día anterior había encontrado una taza con su platillo! La abundancia de cubiertos y tazas sugería que trataba de reunir un ajuar.”

Jackson Brodie, el protagonista de la novela (ésta es la cuarta y, hasta ahora, última entrega de una serie) anda de un lado a otro, de una abadía a la siguiente o de una relación a otra, sin tener una conciencia demasiado clara de lo que hace.

Tracy Waterhouse se encuentra de pronto de la mano de una niña de cuatro años que acaba de comprar en un impulso incomprensible.

Matilda Tilly descubre que está robando pieza a pieza un ajuar de té.

Jackson Brodie va por la calle con un perro que acaba de quitar a un matón maltratador.

Todos son, del alguna forma, culpables de apropiarse de lo que es suyo. Pero... y ahí viene la reflexión de la autora: "La justicia no siempre coincide con lo que debería ser justo". Porque ¿qué perspectivas le esperan a una niña de cuatro años viviendo con una prostituta drogadicta, en comparación con las que puede tener con una mujer expolicía, con un buen retiro y unos deseos enormes de demostrar su cariño por alguien?.

Me parece un buen planteamiento moral. Pero podemos esperar mucho más que todo ésto de una escritora como Kate Atkinson (a la que acabo de descubrir).
El relato es bastante más complejo.
Por medio de "flash-backs" conoceremos nuevos personajes y cómo éstos influyeron en estos tres primeros. Si el hombre es él y sus circunstancias, veremos cómo todos los personajes se humanizan, dejan de ser de cartón piedra y se acercan a una realidad posible y factible. Aunque sorprendente.


Treinta años antes de estos acontecimientos, en un barrio marginal de la ciudad norteña de Leeds, dos policías, la agente Tracy Waterhouse, una chica grandota y desgarbada recién salida del período de prueba, y el agente Ken Arkwright, un blanco corpulento de Yorkshire con un corazón que era pura grasa, estaban ascendiendo al quinceavo piso de un inmueble. Allí hallan con horror y estupor una mujer asesinada hace tres semanas y un niño de unos cuatro años. La mujer, una conocida prostituta, se llamaba Carol Braithwaite y había sido estrangulada. El pobre crío había pasado tres semanas junto al cadáver de su madre comiendo cereales y restos de la nevera.
Lo primero que dijo a los policías fue “mi padre mató a mi madre”.

¿Por qué tantos años después de un asesinato como tantos otros parece que todos teman que se descubra el misterio que envuelve a aquel pobre niño?

Este es el verdadero nudo de esta novela y si quiere averiguar la respuesta a esta pregunta no le quedará más remedio que leerla.
Si lo hacen no se arrepentirán.





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